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Reflexión y Renovación |
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Observar, leer, pensar
Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés que disponía
de un laboratorio francamente modesto, casi tanto como los
mercadillos de baratijas de Praed Street que se veían a través
de su ventana.
Un día, avanzado el verano de 1928, mientras conversaba
animadamente con un colega, observó algo que le pareció
sorprendente. Él solía abandonar los platillos de vidrio
después de hacer el primer examen de los cultivos
microbianos. Uno de ellos aparecía ahora cubierto de un moho
grisáceo, pero... ¡qué raro!: en derredor de ese moho las
bacterias se habían disuelto. En lugar de las habituales
masas amarillas bacterianas, surgían anillos muy definidos
allá donde el cultivo entraba en contacto con el moho. Raspó
una partícula de esa sustancia y la examinó al microscopio:
era un hongo del género Penicilium.
Así fue como Alexander Fleming llegó a conocer lo que sería
el primer antibiótico: la penicilina, que abriría
posibilidades insospechadas a la medicina moderna. Aún se
tardaría quince años, hasta 1943, en lograr aislar este
hongo y encontrar un sistema masivo de producción. Sus
resultados eran casi increíbles. Jamás se había conocido
medicamento tan poderoso. Al final de la Segunda Guerra
Mundial se trataban ya con penicilina más de siete millones
de enfermos al año. Todo empezó por aquel descubrimiento
casual, porque alguien observó algo y ese algo le llevó a
pensar.
Muchos otros descubrimientos se han producido también de
forma parecida.
El físico alemán W. Roentgen se sorprendió un día de 1895
al ver que unas placas fotográficas habían quedado veladas
sin aparente motivo. No conseguía explicarse cómo esas
placas podían haberse impresionado atravesando cuerpos
opacos. Sus investigaciones acabaron llevándole al
descubrimiento de una radiación —que llamó Rayos X— que
atravesaba objetos consistentes y que pronto tuvo innumerables
aplicaciones.
Brown construyó el primer puente colgante sostenido por
cables inspirándose en cómo estaba tejida una telaraña que
observó en su jardín, tendida de un arbusto a otro.
Newton, según se cuenta, llegó a enunciar la ley de
gravitación universal después del famoso episodio de la
manzana.
Aristóteles, en el año 340 a. C., ya habló de que la Tierra
podía ser redonda, cuando a nadie se le había pasado por la
cabeza semejante idea, y lo dedujo a partir de observar cómo,
en el mar, se ven primero las velas de un barco que se acerca
en el horizonte, y sólo después se ve el casco. Luego lo
confirmó estudiando las estrellas y los eclipses.
¿Y por qué, ante los mismos sucesos, unos hacen grandes
descubrimientos y otros no se enteran de nada? Supongo que
porque unos son más observadores que otros, y unos
reflexionan más y otros menos.
¿Y ser despistado o distraído es un defecto? No sé si tanto
como un defecto, pero desde luego no se puede decir que sea
una virtud ni que directamente enriquezca el carácter.
Algunos adolescentes son despistados o distraídos simplemente
porque han comprobado que, con unos padres tan complacientes,
resulta un papel muy cómodo. Así se lo dan todo hecho y
eluden cosas que les cuestan.
Es importante hacer que los hijos adquieran cierta calma y
capacidad de reflexión, porque la vida constantemente nos
interroga, y a veces se presentan situaciones a las que no
encontramos salida simplemente porque el atolondramiento y la
precipitación nos impiden pensar.
La sociedad actual presenta ciertas circunstancias que
favorecen ser engullidos por el activismo. Y lo malo es que
ese estado habitual de prisa disminuye notablemente la
capacidad de reflexión. Parece como si no quedara tiempo para
fijar la atención en las cosas que en realidad más importan.
No debemos considerar superfluo el esfuerzo por buscar de vez
en cuando la calma necesaria para reflexionar intensamente en
una lectura, o en torno a unas ideas, e interpretarlas, viendo
la forma de transmitirlas con vida a los hijos, porque el arte
de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino a
todo el mundo.
Hace falta un poco de calma y serenidad para poder analizar
las situaciones que a cada uno se le presentan y así sopesar
con prudencia las ventajas e inconvenientes de una u otra
solución. Para observar y darse cuenta de lo que pasa, y de
si hay o no que intervenir.
Además, la prisa y el aceleramiento no suelen ir parejos a la
eficacia, pues la gente que se sumerge en una actividad
extraordinaria pero irreflexiva suele acabar haciendo mucho, sí,
pero en gran parte inútil o innecesario. Su ansiedad por la
acción les impide decidir serenamente.
Cuántas veces, una idea considerada con calma, una lectura,
un comentario, una argumentación, remueven el fondo de una
persona y hacen brotar de ella una claridad y una energía
nuevas. Es como si se removiera un pequeño obstáculo que
impedía la comunicación con el aire libre, y gracias a eso
una vida se llena de frescura y de lozanía.
Como ha señalado Jesús Ballesteros, lo más revolucionario
hoy en día es el hecho de pensar. En realidad, pensar es lo
que tiene mayor capacidad transformadora, y el ejercicio del
pensamiento y su extensión, a través del diálogo y la
comunicación, puede ser lo que abra más posibilidades a una
vida distinta.
Hay algo que puede ayudar mucho: formarse a través de buena
lectura. Leer es para la mente como el ejercicio para el
cuerpo. Y como el tiempo es limitado, conviene afinar la
puntería al elegir los libros, para que sean de la máxima
calidad. Hay muy buena literatura, hay títulos adecuados a
cada edad y situación. Tampoco se trata de empezar por cosas
muy elevadas.
No importa que al principio sean sólo novelas sencillas o
libros de aventuras, porque lo primero que hace falta es
acostumbrarse a leer. Hasta que no se pierde el miedo a los
libros no conseguimos nada. Es interesante leer el periódico,
alguna buena revista de información general, biografías,
historia, buena literatura. Muchas veces nos sorprenderemos al
ver que entendemos y nos gusta mucho más de lo que pensábamos.
Es una buena costumbre, por ejemplo, leer en familia. Para eso
hace falta que haya en la casa libros adecuados y que los
padres fomenten la lectura sugiriendo títulos, leyendo ellos
también, procurando que la televisión no esté siempre
encendida, etc. Es fundamental el fin de semana y las
vacaciones, aunque también es sorprendente lo que se puede
llegar a leer al cabo de un año con un simple cuarto de hora
cada día. No digas que leerás cuando tengas tiempo, porque
entonces no leerás nunca.
Produce verdadera lástima conocer a personas que son
incapaces de sostener siquiera unos minutos una conversación
interesante sobre algo ajeno a su especialidad, porque jamás
han leído nada con un poco de contenido. Personas que apenas
saben lo que sucede en el mundo, porque no leen el periódico.
Ni lo que piensa nadie, porque hay muy pocas cosas que
despierten su interés.
Bacon decía que la lectura hace al hombre completo; la
conversación lo hace ágil; el escribir lo hace preciso.
Quienes no se cultivan un poco, parece como si no supieran
disfrutar de las satisfacciones que permite el hecho de ser
seres inteligentes.
¿Cabe el peligro por exceso, de leer continuamente, o
indiscriminadamente? Hay que leer más y leer mejor. Séneca
decía que no era preciso tener muchos libros, sino que fueran
buenos. Junto a la capacidad de lectura hay que desarrollar la
capacidad de discernimiento, porque las promociones
publicitarias de las editoriales y el atractivo de las
portadas no son garantía de calidad.
El poder del lenguaje
Mercedes Salisachs cuenta en una de sus últimas novelas la
historia de Lucía, una niña de once años, huérfana, que
después de una infancia azarosa se lanza a la aventura de
aprender a leer.
«Lo cierto es que a medida que Lucía se iba adentrando en el
mundo de las letras todo cuanto la rodeaba parecía dilatarse,
se volvía más comprensivo y luminoso.
»También se hacía preguntas nuevas. ¿Qué era el cielo? ¿Por
qué había tantas estrellas? ¿En qué consistía la lluvia?
Y a medida que se iba introduciendo en la comprensión de los
signos, algo la espoleaba a comprender también lo que
aquellos signos significaban.
»De pronto todo se iba trastocando en la mente de la niña:
todo tenía un motivo. Lo más insignificante (como un
parpadeo, o un gesto, o cualquier ademán) ya no era algo
insustancial que flotaba en el aire. Tenía un significado que
podía plasmarse en un papel en forma de nombre.
»Además podía escribirse: todo, incluso aquello que muchos
no sabían explicar, la escritura lo explicaba. Era una
sensación excitante.»
Leer nos abre la puerta a un mundo nuevo. Un mundo en el que
todo se amplía y se ilumina, donde tenemos acceso a lo mejor
que se ha pensado y vivido a lo largo de la historia.
La palabra nos descifra la imagen, enriquece lo que vemos, nos
ayuda a ampliar nuestra visión del mundo, de los demás y de
nosotros mismos.
Leer nos permite vivir otras vidas, ponernos en el lugar de
otros. Nos hace ver también por los ojos de los demás, pasar
por la mente de muchas personas diferentes sin dejar de ser
nosotros mismos.
Leer (con acierto, se entiende) nos ayuda a pensar con más
libertad y menos estereotipos. Nos hace más libres. Ensancha
nuestra mente y nos confiere un sentido crítico que nos hace
salir de estrecheces que esclavizan. Como ha escrito Alejandro
Llano, una persona que empieza a leer libros de calidad,
comienza a abandonar las bien disciplinadas filas de los
dictados del consumo, dando un paso al frente, hacia el aire
libre del protagonismo en el que uno toma las riendas de su
propia vida.
Leer nos facilita comunicarnos con los demás. Facilita temas
de conversación, capacidad de expresarse, de abordar los
problemas. Quizá sentimos a veces el agobio del “lo sé,
pero no lo sé explicar bien”, y eso indica un pensamiento aún
confuso, no suficientemente destilado por la lectura.
Conocer la realidad de las cosas exige una riqueza interior
que resulta difícil sin una riqueza de lenguaje. También, a
veces falla la comunicación entre las personas porque, a uno
o a otro —o a los dos—, les resulta difícil expresarse.
La pobreza de lenguaje está muy ligada a la pobreza de
conceptos, y a un pobre conocimiento de la realidad. Si una
persona maneja un vocabulario muy reducido, es fácil que no
logre discernir bien lo que le sucede, ni sepa cómo
traducirlo en palabras. Percibirá su interior quizá como un
desconcertante manojo de tensiones, que le hacen sentirse
mejor o peor, pero no logra comprender bien qué es lo que
siente. Se encuentra perdido y confuso entre acosos e
inquietudes que no sabe ni puede desactivar.
No debe desdeñarse el poder del lenguaje. No es una cuestión
accesoria, ni meramente formal. Como ha escrito José Antonio
Marina, la palabra hace navegable el sentimiento, y esto es así
porque la mayor parte de lo que sabemos, lo sabemos
“empalabrado”. Por eso, lograr expresar bien en palabras
lo que sentimos suele ser un gran paso hacia la clarificación
de lo que nos sucede. Un avance decisivo para conocer el corazón
del hombre, para conocer el propio corazón, y para aprender a
convivir con él, procurando mejorarlo.
La gente que desdeña el valor de la lectura, es fácil que
viva con un déficit grande de autoconocimiento que deje baldío
e improductivo gran parte de su talento, e incluso que malogre
el de otros, como sucede con los conductores inexpertos, que
son un peligro para ellos mismos y para los demás.
Quizá el peor enemigo de la lectura es verla como algo
costoso, poco grato, como otro deber más que hay que cumplir.
Por eso es tan importante darse cuenta de que leer es un
excelente modo de descansar y de disfrutar, y que es una
verdadera lástima que algunos nunca lleguen a hacer ese
descubrimiento.
Cuidado del espíritu
Todos tenemos un conjunto de verdades y de valores que nos
inspiran, unas creencias que dan sentido a nuestra vida; y la
gran mayoría de las personas tienen, además, una fe que
llena de luz su existencia. En todo caso, siempre hay un espíritu
que cultivar, y cuya renovación y cuidado exige una dedicación
de tiempo. No son simples ocupaciones —aunque las
supongan—, sino sobre todo algo que ha de impregnar por
completo nuestra vida.
Ese cuidado del espíritu requiere —para que no quede en
algo vago y genérico— una dedicación periódica de tiempo
lo más concreta posible. Un tiempo en el que trabajamos por
renovarnos, por refrescarnos, por revisar nuestro compromiso
con las verdades que nos inspiran (en el caso de la fe, además,
una exigencia de trato personal con quien nos ha creado y a
quien debemos todo). Un tiempo importante, ya que no puede
olvidarse que las más grandes batallas de nuestra vida se
libran cada día en el silencio del alma, y sólo si ganamos
esas batallas, si resolvemos bien esos conflictos interiores,
obtendremos esa paz y esa satisfacción interior que tanto
necesitamos.
¿Es preciso entonces algún tipo de preparación psicológica
para alcanzar la paz con uno mismo? Diría más bien que
tendremos esa paz cuando nuestra vida esté en armonía con
los principios y valores que la rigen, y cuando esos valores
sean acertados. Tener tranquila la conciencia. La conciencia
percibe la congruencia o incongruencia de nuestra conducta, y
nos invita —si está bien formada— a elevarnos hacia la
verdad moral, por la senda de la libertad y la sabiduría. Por
eso la formación de la conciencia es tan decisiva para
cualquier persona.
Formar bien la conciencia exige un deseo eficaz de hacerlo
—leyendo, pensando, comentando con otras personas— y
exige, sobre todo, esforzarse por vivir en armonía con ella.
Porque así como el exceso de comida o la falta de ejercicio
pueden estropear la buena forma de un atleta, el hecho de
actuar en contra de la verdad moral llena de oscuridad nuestra
sensibilidad interior y embota nuestra conciencia.
Hay mucha gente que no se preocupa por formarse porque no
tiene mayores aspiraciones: se conforma con su nivel, y le
parece que es suficiente para el tipo de problemas que se le
plantean. Esas actitudes tan conformistas encierran serios
peligros. No luchar por la propia superación equivale a
entregarse en brazos de la pasividad, renunciar a muchas
realidades a las que estamos llamados y, en consecuencia,
arriesgarse a hipotecar seriamente la vida.
Hay que pensar, además, que algún día, quizá dentro de
muchos años o quizá dentro de pocos, nos encontraremos con
dificultades mayores que las actuales, o nos sentiremos
angustiados ante decisiones, reveses o tentaciones
verdaderamente duras. Pero la lucha real por superar esa
situación futura está en buena parte aquí y ahora. Con
nuestra vida de ahora estamos condicionando en buena parte si
el día que lleguen esas dificultades extraordinarias,
fracasaremos miserablemente o las superaremos. Es preciso
prepararse mediante un proceso constante de mejora personal.
Capacidad de admiración
Como ha escrito Miguel Angel Martí en su ensayo titulado La
admiración (Eunsa, 1997), todo hombre, por el mero hecho de
serlo, se siente llamado a interpelarse y a interpelar la
realidad que le rodea; y sin admiración, su vida se convierte
en algo anodino, termina perdiendo sentido.
No es la vida quien enseña, lo que realmente enseña es la
lectura que nosotros hagamos de ella. No es suficiente ver las
cosas, es necesario mirarlas bien para descubrir ese algo de
nuevo que siempre llevan consigo, y se necesita tener un alma
joven y una sensibilidad bien cultivada para mantener el espíritu
receptivo a esos guiños con que la realidad nos sorprende de
continuo.
También es vital aprender a admirarnos de las personas. No se
trata de confundir la admiración con la ingenuidad, ni de
tener una visión bobalicona de la vida. Se trata de ver con
buenos ojos a la gente. Si logramos fijarnos un poco más en
los aspectos positivos de cada persona, tendremos oportunidad
de admirarlos, y con ello, les haremos y nos haremos mucho
bien.
¿Y qué obstáculos hemos de superar para admirar a una
persona que conocemos? El primer obstáculo es el
acostumbramiento, que incapacita —si uno no se resiste a él—
para ver en la otra persona cualquier cosa que no sea lo ya
sabido: se adivinan las contestaciones, se presupone
determinada actitud, se dan por supuesto ciertos
comportamientos, no se contempla la posibilidad de que el otro
cambie y actúe de forma distinta a la prevista, no se da
ninguna posibilidad de cambio. Otro obstáculo importante es
la tendencia a infravalorar a las personas; o anteponer
siempre sus hechos pasados a los presentes, y tener más en
cuenta lo que era que lo que es; o fijarnos y recordar más
los aspectos negativos que los positivos.
La rutina —sigo glosando a Miguel Angel Martí— es la gran
arrasadora de nuestra vida. Sólo quien es joven de espíritu
ganará la batalla al cansancio de la vida. El hombre ha de
precaverse contra el desencanto, el acostumbramiento y la
rutina, y en ese ejercicio se juega la ilusión por vivir. La
vida en algunas ocasiones se nos manifiesta alegre y
divertida, pero en otras muchas hemos de ser nosotros, con
nuestros recursos interiores, quienes tenemos que dar un
sentido positivo a lo que en un primer momento no lo tiene.
Quien es capaz de iniciar cada día con una visión nueva,
consigue hacer realidad el milagro de sorprenderse ante cosas
que le son muy familiares, pero no por eso dejan de
manifestarse como recién estrenadas. Nuestra vida puede
compararse a quien lee un pasaje de una novela en la que se
describe una calle; el lector queda admirado por su belleza,
pero al poco tiempo se da cuenta de que aquella calle, que
tanto le ha gustado, es muy parecida a la suya, que hasta
entonces le pasaba inadvertida.
Con demasiada facilidad se dan por supuestas las cosas, y
tendría que ser al revés: no dejar nunca de preguntarse por
nuestro mundo cotidiano. La vida debe estar atravesada por
unos ojos que sepan descubrir en lo que ya es conocido una
novedad ilusionadora.
Todas estas riqueza interiores no se improvisan, sino que su
conquista se alcanza después de un largo trayecto lleno de
dificultades, pero una vez conquistadas perfuman con su aroma
toda la existencia humana.
La autoestima, tan olvidada por muchos y tan mal interpretada
por otros, es otro aspecto importante para la admiración.
Enorgullecerse no es el objetivo, claro está, de la
autoestima. Pero ser agradecidos de la propia vida, eso sí.
El que agradece, disfruta con la realidad agradecida. Quien
sonríe a la vida, la vida termina sonriéndole. La felicidad
no está en disfrutar de situaciones especiales, sino en la
buena disposición de ánimo. Está en nuestro interior la
clave de la felicidad. Esto es necesario repetirlo una y otra
vez, porque obsesivamente tendemos a buscar la felicidad fuera
de nosotros, y por muchos que sean los esfuerzos no la
encontraremos, por el simple hecho de que no está ahí.
El peligro de la trivialidad
Las cosas son, con frecuencia, bastante más complejas de lo
que a primera vista parecen. Es preciso tener en cuenta
matices y detalles que, si no se valoran, muchas veces
desfiguran la realidad. La trivialización es un peligro
constante.
Y podría decirse, como ha escrito Messori, que la verdadera
cultura consiste precisamente en adquirir el sentido de la
complejidad de las cosas, en rehuir las simplificaciones, en
respetar el misterio que hay detrás de toda apariencia.
Por eso, sin caer en un problematicismo patológico, hemos de
procurar ser lo suficientemente lúcidos para profundizar en
la realidad sin empobrecerla.
Para lograrlo, es importante —entre otras cosas— leer
mucho y con acierto: es ése uno de los mejores modos de
abrirse a lo que han expuesto con brillantez los más grandes
pensadores, de poder entrar en las mejores cabezas del
presente y del pasado.
Siempre está la excusa de la falta de tiempo, pero si uno
sabe organizarse, siempre se puede quitar tiempo a otras cosas
menos productivas. Y empezar quizá por un libro al mes, para
procurar pasar luego a dos —no es tan difícil como
parece—, o incluso a más.
Muchos no leen más porque no tienen mayores inquietudes. Por
eso fomentar el deseo de saber es lo que puede introducirnos
de una vez por todas en el mundo de la lectura, tan necesaria
para no ir por la vida a tientas. Una lectura atenta y
reflexiva, puesto que la sabiduría no surge ordinariamente
por generación espontánea.
No todos los libros han de exigir una lectura analítica y
reflexiva. Como decía Francis Bacon, hay libros para probar,
libros para tragar, y otros, muy pocos, para masticar y
digerir. Lo que sería una pena es reducirse sólo a los de
evasión o entretenimiento.
Es verdad que también la lectura se puede convertir en una
adicción, y es bien conocido que el exceso de información
nubla la inteligencia y favorece la pedantería. Si la lectura
es indiscriminada y acumulativa, existe ese peligro. Por eso
decíamos antes que no se ha de buscar una simple erudición,
sino comprender mejor el mundo, a los demás y a uno mismo.
Por último, cabe añadir que la escritura es otra actividad
que contribuye a mejorar nuestra claridad mental. Escribir
ayuda a tender puentes con algunas zonas menos exploradas de
nuestra mente, destila y cristaliza el pensamiento, nos
facilita expresarnos con más precisión, glosar nuestras
ideas con un poco más de método y de contexto, razonar con más
rigor y hacernos comprender mejor.
Memoria inteligente
Tuvo un accidente de tráfico. Estuvo muy grave. Tenía múltiples
fracturas y una fuerte conmoción cerebral. A los pocos días,
la gravedad y la conmoción se habían pasado, pero las
fracturas necesitaron bastante más tiempo, como es lógico.
Además, había otro problema. Le fallaba la memoria. No es
que no recordara, pues se acordaba bien de todo lo ocurrido
hasta el día del accidente. El problema es que no retenía lo
que le pasaba ahora. Hablaba con normalidad, pero no recordaba
lo que había dicho o escuchado unos minutos antes. Es decir,
no "grababa".
Cuando por la mañana le preguntaban "¿qué tal la
noche?", su respuesta invariablemente era "muy
bien". Sin embargo, pasaba unas noches muy malas, ya que
con tantas lesiones no encontraba ninguna postura que le
dejara descansar. Sin embargo, siempre decía que había
pasado buena noche. No lo hacía por quitarle importancia a
esas molestias, sino que hablaba con sinceridad: no recordaba
nada, y sentía lo que todos sentimos cuando nos despertamos
por la mañana y no nos acordamos de nada de lo que ha
sucedido a lo largo de toda la noche, y tenemos entonces
seguridad de haber dormido bien. Al no recordar sus dolores,
para él es como si nunca hubieran existido. Es como si la
naturaleza hubiera activado un misterioso mecanismo con el que
se adelantaba a defenderle de esos padecimientos.
Afortunadamente, aquel trastorno de la memoria duró lo justo
hasta que aquello pasó, y unas semanas después volvió a la
normalidad. Todo aquello me llevó a pensar que el dolor
reside en gran medida en la memoria. La sensación de
sufrimiento se consolida cuando la imaginación lo recuerda y
lo revive; si no fuera por eso, el dolor sería efímero y
pasajero.
La mayoría de las personas sufrimos más por el reciclado
mental de dolores pasados que por el daño real que en su
momento nos hayan producido. Sufrimos no tanto por lo que
sufrimos entonces –cuando se produjeron esos fracasos,
cansancios, agravios, menosprecios, desconsideraciones,
etc.–, sino por lo que sufrimos al revivirlos una y otra
vez.
Un ejemplo. Si una persona deja que se adueñen de su mente
los recuerdos negativos y críticos, puede un día encontrarse
con que malinterpreta constantemente todos los hechos y
palabras de los demás, y que los juzga con una dureza
extraordinaria. Se encuentra con que su cabeza se ha
convertido en una especie de ring de boxeo, por donde van
pasando las personas con quienes trata, y los golpea uno tras
otro con su crítica demoledora. Y puede pasarse así el día,
todos los días.
Los dolores y molestias físicas son habitualmente muchos
menos y mucho menores que los que produce nuestra propia
psicología. No quiero con esto decir que todos los
sufrimientos sean malos. El sufrimiento trae siempre consigo
un mensaje y una enseñanza. Hay dolores que corresponden a
errores o sucesos que no conviene olvidar, o al menos no
olvidar del todo, pues nos ayudan a sacar experiencia y a
mantener la sensatez. Y de la misma manera que el dolor físico
nos avisa de que algo en el cuerpo no marcha bien, y gracias a
eso procuramos poner remedio, los dolores interiores también
nos avisan de que algo no funciona, y nos urgen a arreglarlo.
Pero si esos avisos no se saben interpretar, si no se aborda
bien el sufrimiento, se producen nuevos sufrimientos, al calor
de su continuo revivir en la imaginación, y esos suelen ser
rigurosamente inútiles y dañinos. Y aunque quizá al
principio sean pequeños, con tanto ir y volver, una y otra
vez, acaban dejando un profundo surco en la memoria.
La memoria no es como un simple almacén sin orden ni
concierto. La inteligencia se demuestra en saber atesorar la
información que realmente interesa, y en saber aprovecharla.
No debe sólo almacenar, sino almacenar con inteligencia. Y
como ha escrito Jaime Nubiola, hay imaginaciones creativas,
apasionantes y apasionadas, y otras mezquinas y empobrecedoras
sobre uno mismo, sobre las propias posibilidades, sobre los
demás. Y en la mayor parte de las circunstancias sólo
podemos comprender realmente a quienes nos rodean si pensamos
bien de ellos. Por eso, la imaginación requiere un trabajo de
purificación.
El conocimiento tácito
He leído un artículo de Ikujiro Nonaka que me parece muy
aprovechable para quienes tienen interés en la formación.
Cuenta la historia de los encargados del desarrollo de un
nuevo producto en la "Matsushita Electric Company",
en Osaka. Trataban de crear una panificadora de precio y tamaño
reducidos, que sirviera para uso doméstico. Llevaban tiempo
trabajando en ese proyecto pero no lograban que amasase el pan
correctamente. A pesar de todos los intentos, la corteza del
pan se quemaba demasiado mientras el interior quedaba casi sin
hacer. Analizaron todo exhaustivamente, e incluso compararon
placas de rayos X de panes amasados por la máquina y de otros
elaborados por panaderos profesionales, pero no lograban
resolver el problema.
Finalmente tuvieron una idea creativa. El "Osaka
International Hotel" tenía fama de fabricar el mejor pan
de toda la ciudad. Uno de los miembros del proyecto se adiestró
durante meses con el jefe de panaderos del hotel y estudió su
técnica de amasado. Tras muchas pruebas y errores, logró
establecer las especificaciones del producto. Gracias a la
inclusión de unas nervaduras especiales en el interior de la
máquina consiguió reproducir perfectamente la técnica de
estirado de la masa que utilizaban en la panadería del hotel.
El resultado fue un éxito de ventas sin precedentes para el
nuevo electrodoméstico.
El punto de partida de aquel avance fue un conocimiento tácito
que poseía el jefe de panaderos: un conocimiento muy
personal, adquirido tras años de experiencia, que no respondía
a una reflexión teórica sino práctica, y que resultaba muy
difícil de expresar formalmente y de comunicar a otros.
El investigador trabajó durante meses para adquirir ese
conocimiento tácito del jefe de panaderos, mediante la
observación, la imitación y la práctica. Es decir, asimiló
el oficio. Esa asimilación es la propia del aprendiz que
adquiere los conocimientos del experto, pero es aún una forma
bastante limitada de transmisión del conocimiento, pues
habitualmente ni uno ni otro tienen una percepción sistemática
sobre el conocimiento del oficio, ni lo hacen explícito, y
por tanto no puede ser fácilmente aprovechado por otros que
no hayan estado allí presentes durante todo ese tiempo. Sin
embargo, cuando el investigador logró expresar formalmente
los fundamentos de su conocimiento tácito acerca de la
elaboración del pan, y lo convirtió en un conocimiento explícito,
entonces es cuando pudo compartirlo con su equipo de
desarrollo y transmitirlo después a muchas otras personas.
Todas estas ideas, tomadas del mundo de la empresa, son fácilmente
trasladables a otros ámbitos. Todos conocemos, por ejemplo,
personas que poseen una gran capacidad para trabajar en
equipo, para conocer a los demás, para entenderse con ellos,
para ganarse su confianza, para ayudarles en lo que de verdad
necesitan. O personas que allá donde están saben crear un
ambiente positivo de trabajo y de ilusión. O que saben mandar
sin parecer casi mandan, saben corregir sin humillar, mantener
la autoridad sin ser autoritarios, ser rigurosos sin ser rígidos.
O que, a pesar de los años, se entienden perfectamente con la
gente joven. O que saben educar bien a sus hijos, o a sus
alumnos, poniendo al tiempo exigencia y cariño, constancia y
flexibilidad.
¿Cómo lo logran? Muchas veces no lo saben ni ellos mismos.
Por eso, para aprovechar lo que otros ya han descubierto y
probado con éxito, habría que interesarse más por los modos
de transformar el conocimiento tácito –nuestro o de
otros– en un conocimiento más explícito, más fácilmente
transmisible.
Es preciso aumentar nuestra capacidad de observación.
Fijarnos en cómo hacen las cosas quienes mejor las hacen, y
reflexionar luego sobre cómo podemos aprender de ellos. En la
empresa, igual que en la persona individual, en la familia, o
en cualquier organización, debe haber una constante
preocupación por comprender, sistematizar y expresar con
fuerza y claridad comunicativa todas las ideas e intuiciones
de quienes poseen cualidades que interesa poner a disposición
de los demás.
Se dice que vivimos en una sociedad dinámica y cambiante, que
plantea cada día nuevos retos y problemas de creciente
complejidad, en la que muchas soluciones de ayer quedan
obsoletas y ya no sirven para resolver las nuevas situaciones.
Poner el conocimiento personal a disposición de los demás es
una tarea de enorme importancia para evitar el anquilosamiento
o la inoperancia. Es un modo de fomentar la necesaria renovación,
de evitar el desnortamiento y la confusión. Y ese esfuerzo ha
de ser de todos, no algo confiado a unos expertos.
Ver en otros nuestros defectos
Lo contaba un profesor, de esos que observan y reflexionan. El
protagonista de la anécdota es un chico de ocho años que se
agitaba en llanto y rebeldía mientras su madre forcejeaba
para introducirle en el autobús escolar. Con la ayuda de un
discreto y políticamente incorrecto azote, finalmente lo
consiguió. Una vez dentro el chico, y algo más calmado, el
profesor le preguntó por el motivo de su enfado. Después de
algunas evasivas, Guillermo –así se llamaba– explicó que
su madre no le había comprado el calendario de chocolate que
él quería, sino otro, en su opinión mucho peor. Ante su
airada exigencia para que su madre fuera a cambiarlo, ella
tuvo la sensatez de negarse, y ésa era la razón del enojo.
El profesor intentó hacerle ver que aquello era propio de un
niño caprichoso, pero Guillermo se negaba a aceptarlo. De
pronto, tuvo una inspiración: «¿Entonces..., tú quieres
ser como Dudley, y que tu mamá te trate como tía Petunia?».
El niño abrió mucho los ojos, se quedó callado un instante,
como imaginando algo, y después su respuesta sonó alta y
contundente: «¡NO! ¡Nunca!».
Cualquier lector de Harry Potter habrá entendido de inmediato
la reacción de Guillermo. Nadie más repulsivo que el
caprichoso primo Dudley, y nadie tan antipático como sus
padres. En los libros de Harry Potter apenas se hacen
recomendaciones morales directas, pero los chicos caprichosos
y mimados son desagradables, y los envidiosos y crueles
resultan antipáticos y odiosos. Harry Potter y sus amigos se
quieren, se respetan, estudian (más o menos), y se enfadan
pero se perdonan. La numerosa familia Weasley es simpática y
acogedora, y lleva las estrecheces sin demasiadas tragedias;
son el contrapunto de la odiosa familia con la que Guillermo
no quería tener nada que ver.
Esta anécdota es una buena muestra de cómo hay ocasiones en
que lo mejor para advertir la necesidad de cambiar es ver
nuestros defectos encarnados en otra persona. Esos defectos,
desposeídos de la indulgencia con que los vemos en nosotros
mismos, se nos hacen mucho más vivos, más ásperos, más
desagradables. Contemplados con la objetividad que da ver las
cosas desde fuera, nos parecen menos lógicos, menos
disculpables.
Descubrir con claridad en nosotros mismos algo que nos
desagrada es uno de los grandes motores de la mejora personal.
Los modelos positivos tienen la fuerza del "yo quiero ser
así", pero los modelos negativos pueden también
encerrar una potencialidad positiva muy importante. El
"yo no quiero ser así", expresado con rotundidad
ante la viva imagen de los propios defectos reflejados en otra
persona, resulta a veces el revulsivo más eficaz.
Solemos estar tan acostumbrados a convivir con lo malo
–pequeño o grande– que hay en nuestro interior, que es fácil
que ya no nos sorprenda demasiado. Nuestros defectos han ido
naciendo de pequeñas concesiones al egoísmo, a la pereza, a
la soberbia, o al vicio que sea. Al hacerse habituales esas
concesiones, los defectos se consolidan, se cronifican, y poco
a poco apagan nuestra sensibilidad y nuestro rechazo ante su
objetiva fealdad. Por eso necesitamos que algo o alguien nos
despierte de ese sueño. Si lo hacemos, y si tenemos además
el valor necesario para mirar a esos defectos cara a cara, y
para llamarles por su nombre, ya habremos recorrido la parte más
difícil del camino para vencerlos. Por eso la ayuda de quien
desde fuera nos hace ver lealmente lo que no hacemos bien, es
uno de los mejores signos de amistad y de cariño que existen;
y la receptividad ante esa ayuda, una de las mejores muestras
de inteligencia y de sensatez.
Todos tenemos una notable y aguda perspicacia ante los
defectos ajenos. Se destacan ante nuestros ojos con una
escandalosa claridad. Podríamos avanzar mucho si cada vez que
advertimos en otra persona un defecto pensáramos si también
lo tenemos nosotros, en mayor o menor grado. A Guillermo, ese
ejercicio mental le fue muy bien.
Resistencia a renovarse
Siempre llama la atención que a principios del siglo XXI una
fábula siga siendo ejemplificante, pero el éxito editorial
de ¿Quién se ha llevado mi queso? parece demostrar que así
es. La historia de esta fábula está protagonizada por dos
ratoncillos y dos hombrecillos que vivían en un laberinto y
dependían del queso para alimentarse. Habían descubierto una
estancia repleta de queso, y vivían allí muy contentos desde
hacía años. Pero un buen día se encontraron con que el
queso se había acabado.
La reacción de cada uno de los personajes fue distinta. Unos
siguieron buscando en la misma estancia, aunque era patente
que ya no quedaba nada, pero se obstinaron en que "aquí
siempre ha habido queso", y en que "siempre lo hemos
hecho así", de manera que ni se plantearon cambiar sus
inveteradas costumbres. Otros, que habían advertido tiempo
atrás que el queso se acababa, se habían preocupado de
buscar en otros lugares del laberinto y ya disfrutaban de
quesos mejores y más variados. Y de los que no fueron
previsores, hubo quien al final admitió su error y quien
nunca quiso hacerlo.
No pretendo contar ahora la historia completa, pero esta fábula
simple e ingeniosa puede ayudarnos a comprender que la mayoría
de las cosas de la vida son cambiantes, y que las fórmulas
que sirvieron en su momento... pueden quedar obsoletas más
adelante. El queso representa cualquiera de las cosas que
queramos alcanzar. El laberinto es el mundo real, con zonas
desconocidas y peligrosas, callejones sin salida, oscuros
recovecos... y habitaciones llenas de queso, unos de mejor
calidad y otros peores. Cada uno tenemos nuestra propia idea
de lo que es el queso, y de dónde buscarlo. Si lo
encontramos, casi siempre nos encariñamos con él, y si lo
perdemos o nos lo quitan, la experiencia suele resultar traumática.
Cada uno de nosotros acumula a lo largo de la vida toda una
serie de costumbres, modos de hacer y experiencias prácticas
que determinan un estilo de trabajar y de vivir. Un buen día
podemos encontrarnos con que todas esas rutinas no funcionan
bien, y que deben cambiar. Esto puede suceder porque ha habido
un cambio importante (en el trabajo, en la vida familiar, en
la salud, en la amistad, o en lo que sea), y tenemos que
adaptarnos a la nueva situación. También puede ser porque,
sencillamente, advertimos que llevábamos una línea
equivocada, y nuestro queso no es bueno. Podemos entonces
sentirnos enfadados o frustrados, pero también podemos
comprender que la vida inteligente supone cambios, como sucedió
a esos personajes que de pronto se encontraron sin el queso de
siempre, y unos supieron adaptarse y otros no.
Con esto no quiero decir que todo en la vida sea cambiante, ni
que debamos cambiar nuestros principios ante unas
circunstancias nuevas, porque precisamente lo que nos hace
poder adaptarnos a los cambios es tener una base firme sobre
la que apoyarnos. Pero no todo en la vida son principios. Hay
cosas que siempre hemos hecho, que quizá nunca habíamos
pensado en cambiar, pero un buen día debemos ser valientes y
cambiar.
Esto exige un cierto sentido de aventura, un afán de
renovarse, de hacerse cargo de la complejidad del mundo en que
vivimos y de cuáles son sus claves. Los que saben adaptarse a
los cambios suelen ser aquellos que se interesan por las
personas, por la cultura, por la historia, por todo. Saben
otear el horizonte. Hacen preguntas y se sienten interesados.
Escuchan con atención y procuran aprender de todos, sin
etiquetarlos por sus éxitos o errores del pasado. Redescubren
a la gente cada vez que se encuentran con ella. Perciben
nuevos brillos en los viejos rostros. Son flexibles y autónomos.
No tienen miedo a introducir nuevos factores que mejoren su
vida, aunque les exija verdadero esfuerzo, y aunque vean que a
su alrededor otros menosprecian esos valores.
Saber adaptarse a los cambios exige un dinamismo que es propio
de quienes son constantes y pacientes; de quienes escuchan con
interés y ejercitan su mente leyendo, observando y
escribiendo; de quienes procuran reflexionar con hondura y, si
tienen fe, dedican tiempo a profundizar en ella y a hacer que
impregne de modo profundo y cabal sus vidas.
Es evidente que todo esto requiere tiempo, pero se trata de un
tiempo muy bien invertido. Hay toda una serie de pequeñas
victorias diarias que pueden cambiar el rumbo de una vida.
Cuando una persona dedica tiempo a su formación, incorpora a
su vida todo un estilo de abordar las cosas que cambia por
completo el resultado final.
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