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El penúltimo grito antropológico


Por Rafael Gómez Pérez


Ya pasó, hace algún tiempo, el cenit de la moda estructuralista, esa matemá-tica sin rostro humano que se presentó como reacción frente a los diversos humanismos. Hoy puede hacerse, con mayor rigor y perspectiva, una evalua-ción desapasionada como la que acaba de publicar Manuel Guerra en la co-lección “Crítica filosófica” sobre una de las obras clásicas de Lévi-Strauss, la Antropología estructural (1).


No se muere nadie

Nada tan falso en la historia como las solemnes declaraciones de defunción. Después del manido “Dios ha muerto”, Foucault, muy en línea con Lévi-Strauss, proclamó: “El hombre ha muerto”.

Pero nadie se muere. Dios sigue más vivo que nunca, si se puede hablar así. E inclu-so el hombre, esa criatura mortal, da señales de vida por todas partes. En el estudio de la antropología cultural, la obra de Lévi-Strauss ha sido ya rebasada. Los antropólogos que han escrito después han defendido una mayor atención a la historia, a las peculiaridades. Un nuevo rechazo de la teorización máxima.

En Antropología estamos siempre así. En poco más de un siglo de existencia, la Antro-pología conoce momentos de grandes teorías (evolucionismo, funcionalismo, estructura-lismo), casi siempre demasiado ambiciosas, y, luego, de grandes desdenes.

Hoy sabemos que Lévi-Strauss, con su intento de mathesis universalis, cayó una vez más en el furor teórico. No tuvo inconveniente en seleccionar los datos para que cupie-sen en su teoría. Con unos estudios importantes, pero limitados a una zona del mundo, quiso construir nada menos que una teoría perenne del hombre que pudiese acabar con la idea de hombre.

Marx a fondo

Lévi-Strauss es un filósofo que se hizo después antropólogo, para poder hacer filosofía de otro modo. Sus estudios de campo sobre los indios bororo y otras tribus amazónicas fueron, en realidad el cañamazo para poder ofrecer una idea materialista de la realidad, ampliamente inspirada en Marx y en Freud. El marxismo de Lévi-Strauss ha sido muy discutido, pero el autor no lo ha negado nunca. En Tristes trópicos, especie de autobio-grafía, se lee: “Hacia los diecisiete años fui iniciado en el marxismo... La lectura de Marx me arrebató tanto más cuanto que a través de este gran pensador me ponía por primera vez en contacto con la corriente filosófica que va de Kant a Hegel. Desde ese instante, este fervor nunca se vio contrariado y rara vez me pongo a desentrañar un pro-blema de sociología o de etnología sin vivificar mi reflexión previamente con algunas páginas del 18 Brumario de Luis Bonaparte o de la Crítica de la economía política”.

A la hora de la verdad, Marx proporciona a Lévi-Strauss el materialismo de fondo en que se mueve su pensamiento.

Nada de naturaleza humana

Manuel Guerra ha hecho un estudio detenido, muy minucioso, que permite entender a Lévi-Strauss, cosa nada fácil. Porque en el autor francés existen, mezcladas, dos líneas: la propiamente de antropología cultural (datos etnográficos, estudio de relaciones) y otra, filosófica, de una filosofía materialista y desengañada. Escribe Guerra: “Según esta concepción, la naturaleza humana ni es ni puede ser una realidad común a todos los hombres reales, existentes, individuales, de cualquier época, raza, religión y región. El estructuralismo, desde este punto de vista, engrosa la corriente desmitificadora, ya no de mitos ni de realidades metafísicas, sino del humanismo y del hombre mismo. La natura-leza humana, la esencia constitutiva del hombre, participada por todos los seres huma-nos, el hombre, queda como pulverizado y cristalizado de acuerdo con la compleja retí-cula de la estructura”.

Todo es muy complejo. Este materialismo complejo pretende dar una gramática para entender las principales instituciones de los pueblos (lenguaje, parentesco, economía). Lévi-Strauss, muy a lo Rousseau (quizá su autor preferido), afirma que esa complejidad se da tanto en los pueblos llamados “primitivos” como en los civilizados. Pero, filosófi-camente, la nueva defensa del “buen salvaje” tiene otros fines: acabar con el concepto de hombre. Guerra comenta muy bien esta famosa declaración de Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje: “El fin primordial de las ciencias humanas no es constituir al hombre, sino disolverlo, reintegrar la cultura en la naturaleza y, finalmente, la vida en el conjunto de sus condiciones físico-químicas”.

Cosa entre cosas

Es aquí donde se encuentra con Freud, defensor también de la reintegración final de lo orgánico en lo inorgánico. Y quizá se puede ver en esto otra influencia de Marx, cuando éste escribe que “la Naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre”. Estamos en las esencias del materialismo total. Como Marx y Freud, Lévi-Strauss quiere decir que ese materialismo no es plano, chato, sino complejo. Marx estudiará su versión económi-ca; Freud, la psicológica; Lévi-Strauss, la antropológica.

La inteligencia queda mutilada. Puede descubrir el juego de la materia, las matemáti-cas de lo exclusivamente natural (por que no hay espíritu), pero, en definitiva, no es más que “chose parmi choses”, cosa entre cosas.

¿Qué sucede con la religión? Lévi-Strauss pasa muy por encima de este tema. Quizá, también marxianamente, no quiere negarla, sino darla por desaparecida, sin más. Se han escrito, en antropología, más libros y ensayos sobre religión que —casi— sobre cual-quier otro tema. Lévi-Strauss no puede aceptar, ni siquiera como hipótesis de trabajo, que la religión sea algo sustancial, no reducible a lo económico. Este prejuicio inicial le obliga a ver los contenidos religiosos de los pueblos que estudia en una matriz ya mate-rialista. Un auténtico golpe de Estado de la ciencia sobre la profundidad humana.

Hombre y religión

Hoy, cuando están siendo revisadas las numerosas simplificaciones que los antropó-logos han hecho del fenómeno religioso, la actitud de Lévi-Strauss es partidista. El ara-besco de la estructura esconde una afirmación simplista: todo es materia. Guerra, con una claridad basada en un conocimiento de las formas religiosas a través de los tiempos, escribe: “Lo normal en el hombre es ser religioso. La religión es natural al hombre, in-herente a su propia naturaleza, hasta el punto de que el hombre puede y debe ser defini-do como animal racional, religioso”.
La antropología, tomada naturalmente, confirma este fenómeno. Para negarlo hay que hacerlo a propósito, por puro afán.

Rafael Gómez Pérez
(ACEPRENSA)

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(1) Manuel GUERRA, Claude Lévi-Strauss: Antropología estructural, Magisterio Español, Madrid (1979) 173 págs.