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1.- La
realidad Primaria del Sentido
Es fácilmente observable que amplios sectores de la
sociedad moderna, de manera más o menos intensa, están
afectados por diversos trastornos psíquicos, que se
traducen en diversas anomalías mentales, como pueden
ser determinados tipos de ansiedades, complejos,
depresiones, angustias, desesperanzas, aburrimiento,
tedio…etc. y que les lleva a recorrer largos y
costosos peregrinajes por el intrincado mundo de
psiquiatras y psicólogos, como señala Victor Fraknl:
“Los pacientes acuden al psiquiatra porque dudan del
sentido de su vida o desesperan de poder
encontrarlo” [1]
Frankl, afamado psiquiatra y filósofo vienés,
antiguo discípulo de Freud, y fundador de la
“Logoterapia”, es uno de los pensadores del S. XX
que con más amplitud y profundidad han tratado de
estos conflictos psíquicos, y que ha logrado
despertar el interés por ellos. Especialmente en dos
de sus obras: “La Voluntad de Sentido” y “La
Idea Psicológica del Hombre”, considera que lo
primario y fundamental para vivir de acuerdo con
nuestra dignidad humana es el encontrar un sentido a
la vida:
“El preocuparse por hallar un sentido a la
existencia
es una realidad primaria, es la característica más
original del ser humano” [2]
Por ello sostiene, que un importante porcentaje de
estos trastornos mentales, proceden del
“sinsentido” de la vida en el que se desenvuelve
el itinerario existencial de numerosos individuos,
producto de su vaciedad interior: Diversos filósofos
de la antigüedad, como Sócrates, Platón, Aristóteles,
los estoicos, los epicúreos, San Agustín, y un largo
etcétera, ya se habían planteado desde sus propias
ópticas especulativas, el concepto del sentido de la
vida. Por ello se lamenta Frankl, que este concepto
que justifica y da razón de ser a la existencia
humana, no se haya planteado en los gabinetes psicológicos,
hasta fechas recientes:
”Durante demasiado tiempo el clamor que busca el
sentido
ha sido desoído” “Este concepto tiene una
historia larga,
pero la psicología moderna, hasta hace poco apenas
lo había utilizado sobre todo porque parecía
inaccesible
a la ciencia” [3]
2.- Una peculiaridad propia del ser humano
Frankl considera que la búsqueda del sentido de la
vida, es una peculiaridad propia del ser humano, que
lo distingue radicalmente de los animales
irracionales. Y es que el hombre, como nos recuerda
Heidegger, habita el mundo, que es su morada, y lo
organiza de acuerdo con sus intencionales proyectos y
decisiones, en cambio el animal, se limita a corretear
por el mundo. Por tal circunstancia, cuando algún
psicólogo con anteojeras reductivamente biologistas,
concibe que la frustración por la ausencia de un
sentido de la vida responde a una enfermiza falta de
inseguridad, a un complejo de debilidad, o a otras
instancias semejantes, expresa un notable
desconocimiento de la naturaleza humana, y se arriesga
a tener una visión deforme y unilateral de su
realidad óntica:
“El cuidarse de averiguar el sentido de su
existencia es lo
que caracteriza justamente al ser humano en cuanto
tal -no se puede ni aun imaginar un animal sometido
a tal preocupación, y no es lícito degradar esta
realidad
que vemos en el hombre a una especie de debilidad,
una enfermedad, un síntoma o un complejo. Más bien
es
al revés [4]. “La frustración de la voluntad de
sentido,
no es de suyo algo patológico, y está también lejos
de ser enfermizo”[5]
Frankl reconoce y autovalora la importancia de su
trabajo de investigación sobre la voluntad de
sentido, y la positiva aplicación de su método de la
“logoterapia”, tanto por los excelentes resultados
prácticos que ha producido en sus pacientes, como por
su identificación con la sensibilidad y las
necesidades del hombre actual:
“Es un hecho que la logoterapia al interpretar al
hombre
como un ser en la búsqueda del sentido, hace vibrar
una
cuerda en el ser humano de hoy que conecta con
necesidades de nuestra época [6]
3.- El placer como categoría suprema
Una de las conductas que revelan la ausencia del
sentido de la vida, es la que le atribuye al placer
sensible el rango de principio y categoría suprema, y
se traduce en la búsqueda desaforada de aquellos
objetos que lo producen, como las drogas, el sexo, el
alcohol, los juegos de azar, etc. o también en el afán
desmesurado de poseer imperativamente los múltiples
productos y artefactos que se ofrecen en el mercado.
Alejandro Llano, dirá al respecto que “la tendencia
del disfrute inmediato de gratificaciones sensibles es
culturalmente letal. Adormece la capacidad de
proyecto, fomenta el conformismo y domestica la
disidencia. Se mueve en una espiral descendente, que
sume a las personas en el vértice del hedonismo”
[7]
“La búsqueda del placer, (el principio del placer),
comenta Frankl, aparece cuando se frustra la voluntad
de sentido” [8].
Este principio hedonista del placer, que Frankl
critica con su habitual agudeza, es precisamente el
principio en el que Freud, fundado en las subjetivas
instancias desiderativas del individuo, sustentará su
tambaleante estatuto cognoscitivo. Un principio del
placer, que se ha acelerado en la equívoca denominación
de la “sociedad del consumismo”, y que actuando
como anestesiador del espíritu, fomenta diversas
formas de inmadurez psíquica que incapacitan para
descubrir el auténtico sentido de la existencia
humana:
“La pregunta por el sentido de la vida es expresión
de madurez mental. En la sociedad de
consumo y abundancia sólo hay una necesidad
que no encuentra satisfacción y esa es la necesidad
de sentido, su voluntad de sentido” [9]
Y es que la abundancia de ofertas y el innumerable
elenco de instrumentos técnicos cada vez más
sofisticados que nos brinda el supuesto “estado del
bienestar”, aunque es evidente que satisface
necesidades básicas en distintos órdenes de la vida,
hay que afirmar al margen de lo políticamente
correcto, que no responde a las exigencias más hondas
e íntimas de la persona si se toman y se absolutizan
como fines en sí mismos. Pues el simple tener y
acumular bienes materiales, no perfecciona de por sí
a los sujetos si no contribuyen a la perfección y
enriquecimiento de su ser. Es lo que ya en los años
treinta, Gabriel Marcel expresó en su conocida
formulación de que el sentido y el valor de la
persona “no está en lo que tiene, sino en lo que
es”, es decir, no se trata solamente de “tener más”
sino de “ser más”, proposición que de algún
modo se podría identificar con la frase de Frankl:
“Las personas tienen los medios para vivir, pero
carecen
de sentido por el qué vivir”[10]
Como palpablemente se puede comprobar, este cumulo de
prestaciones que hacen más fácil y cómoda la
existencia y mejoran la salud colectiva, no son de por
sí una fuente de alegría y de acicate intelectual,
si no que más bien desembocan, como Frankl sabe poner
de relieve, en la insatisfacción afectiva, y en la pérdida
de sensibilidad para el agradecimiento (especialmente
en los jóvenes), si no se les confiere un sentido de
orden superior:
“Los pacientes en su mayoría están sanos, pero no
están
satisfechos de serlo, poseen abundantes bienes sin
estar
agradecidos” [11]
Poner como exclusivo objetivo la mera satisfacción de
las necesidades biológicas (como pretende el psicoanálisis)
simplemente para restablecer el reequilibrio homeostático
o psicológico, conlleva mutilar la integridad de
nuestro ser y cegar la mirada ante el horizonte de los
valores:
“El ser humano no agota su realidad en la satisfacción
de los instintos o las necesidades con miras a
mantener o restablecer su equilibrio psíquico, sino
que busca originariamente, cumplimiento de un sentido
y la realización de unos valores”[12]. “La
persona no está
determinada por sus instintos sino orientada
hacia el sentido” [13]
4.- La reducción biologista
Un reduccionismo psico-biológico, chato y romo, que
se sustenta a costa de marginar otras dimensiones de
la estructura humana, y que para Frankl supone una errónea
interpretación que alimenta la ignorancia por el
sentido de la vida:
“El reduccionismo tiene razón dentro de sus límites.
Su
peligro es el pensamiento unidimensional que priva la
posibilidad de encontrar un sentido” [14]
Una de las consecuencias que se asienta en el ánimo
de los individuos que se dejan impregnar por la
ausencia del sentido, es para Frankl el aburrimiento.
Un negativo sentimiento que desembocando en la abulia
y la tristeza, se distribuye en un amplio repertorio
de actitudes y comportamientos que se detectan por la
falta de ilusiones y proyectos, o en la rutinaria
frivolidad e insulsez de las conversaciones nutridas
con los tópicos y cliches al uso, en un ir
“matando” y perdiendo tediosamente el tiempo,
también en la reiterativa monotonía y falta de
imaginación que se aprecia frecuentemente en los
medios de comunicación, y cuyos obtusos autores
tienen que suplantar su falta de talento recurriendo
al mal gusto, las expresiones soeces, la fácil
chabacanería o el papanatismo de moda, ante una
masificada audiencia tan mediocre y aburrida como
ellos, etc. Situaciones todas ellas, que ponen de
manifiesto un vacío existencial que Frankl lo juzgará
como el cáncer de nuestra época
“La gente vive en un vacío existencial que se
manifiesta
sobre todo en el aburrimiento”[15] “La gran
enfermedad
de nuestro tiempo es la carencia de objetivos, el
aburrimiento, la falta de sentido y de propósito”
[16]
5.- La asequibilidad del sentido de la vida
Pero encontrar el sentido de la vida, no es algo que
se pueda lograr mediante disposiciones en el boletín
oficial, o por imperativos sociales de autoridad, sino
que es una posibilidad asequible para cualquier
persona que encuentre la razón u “objeto”, con la
suficiente dignidad para justificar un verdadero
sentido y arrastrar a la voluntad hacia su realización:
“La Voluntad de Sentido no puede ordenarse, es más
bien
un acto intencional que no permite una autoimposición.
Para que surja debe ofrecerse un objeto. La búsqueda
de un sentido no es un asunto de una minoría
intelectual.
sino de cada individuo [17]
Por ello, no hay que poseer una especial capacidad
intelectual o ser un individuo con cualidades
eminentes, para plantearse la necesidad de encontrar
un sentido a la vida, y esto es así de natural, por
la simple razón de que hallar un sentido es algo
esencial a nuestra naturaleza:
“El sentido está a la alcance de la mano de todas y
cada
una de las personas” [18]
Frankl comenta de que en la medida que aumenta el peso
y gravitación de nuestros deberes y compromisos
personales, y asumimos nuestras propias
responsabilidades, sin atribuir a los demás las
deficiencias de nuestros actos, también en esa
medida, se incrementa la conciencia y el sentido de
nuestra vida:
“Las dificultades cuanto más grandes sean, acentúan
el carácter de deber que tiene nuestra existencia y
con
ello se da más sentido a la vida” [19].
“El interrogante de la vida puede ser contestado
si asumimos nuestra vida con responsabilidad que es
el sentido de nuestra existencia” [20].
El panorama existencial que Frankl nos traza, nos abre
a una fundada y alentadora esperanza, al formular la
posibilidad de que vivir de acuerdo con un sentido
supone un impulso de la creatividad imaginativa y una
motivación de la voluntad para ser capaz de plasmar
nuevas e insospechadas realizaciones. El despertar de
las facultades, establece las condiciones óptimas
para descubrir un significado trascendente, hasta en
los quehaceres más prosaicos y corrientes que
realizamos en todos los tramos de nuestra vida, y que
supone una concepción vital que se opone frontalmente
al absurdo sartriano de la existencia
“El ser humano llega a ser creativo cuando logra
extraerle sentido a una vida que parecía absurda.
La vida es potencialmente significativa hasta el
último momento, hasta el último aliento” [21]
Para Frankl, el ácido corrosivo que disuelve el
sentido de la vida, es la psicología de inspiración
nihilista, cínicamente desenmascadora, que rechaza la
dimensión espiritual y libre del ser humano y se
niega a aceptar que la vida tenga un sentido de
significación trascendente. Pero el precio a pagar
por la materialista herencia recibida, es la obtención
de un ser humano domesticado y biológicamente
satisfecho, que por influencia de Nietzsche era, en última
instancia, el objetivo que pretendía Freud de sus
pacientes. Detrás de ese objetivo sólo queda una
enigmática irracionalidad, sumergida en la
insustancial vaciedad de su existencia, y cuando el
individuo sensiblemente autosatisfecho, se atreve a
arrimarse a su propia indigencia, siente el vértigo
del abismo eternamente frío de la nada
“Esa psicología que a sí misma se llama
deslarvante
y que no acepta la voluntad de sentido, ni aun en lo
espiritual en el ser humano, tilda como máscara lo
que es algo primario, original e irreductible. Lo que
se esconde detrás de esa psicología deslarvante, es
la
tendencia a desenmascarar, a desvalorizar, una
tendencia que repudia lo espiritual del hombre y que
de
este modo se declara a sí misma esencialmente
nihilista” [22].
6.- El ser humano remite más allá de sí mismo
¿Pero en que realidad concreta y determinada debe
fundarse la actividad humana, para encontrar un auténtico
sentido en su vida? ¿No puede ocurrir, que sin darnos
cuenta, estemos suscitando la necesidad de un sentido
abstracto y vacío de contenido? Es lo que apunta
Alejandro Llano cuando escribe: “La cuestión del
sentido no se dilucida ya en el ámbito del
pensamiento abstracto, sino en el inmediatismo del
contacto vital, en los encuentros personales, en el
movimiento corporal, en la música y en el canto”
[23].
Es indudable que el ser humano encuentra el sentido de
la vida, en una diversidad de positivas y
enriquecedoras actividades culturales, científicas,
artísticas, deportivas etc, como Frankl señala en
diversas ocasiones. Es cierto, por tanto, que existe
todo un campo de posibilidades dadoras de sentido,
pero también es cierto, que el auténtico y verdadero
sentido, el que responde a las exigencias más hondas
e íntimas del ser humano, es el sentido que se
inspira en la dimensión trascendente de la persona,
que no es otro, que el sentido que se funda en Dios
como el acto de ser perfecto que posee la plenitud de
sentido. Frankl reproduce la frase de Einstein en la
que dice: “preguntar por el sentido de la vida
significa ser religioso” [24], e interpretar el
verdadero sentido, dirá el psiquiatra vienés, supone
ser espiritual:
“La interpretación del sentido supone que el ser
humano
es espiritual” “El hecho antropológico
fundamental es
que el ser humano remite siempre más allá de si
mismo,
hacia algo que no es él, hacia algo o hacia alguien,
hacia
un sentido. El ser humano se realiza a si mismo
en la medida que se trasciende” [25]
Frankl afirmará a lo largo de sus escritos, su
atrevido silogismo, que el paso del tiempo se cuida de
corroborar cada vez más, de que un elevado porcentaje
de grados diversos de neurosis que sufre el hombre
actual, tienen su origen en el bloqueo represivo de
las virtudes y valores espirituales de la persona que
se aprecia en la sociedad contemporánea, que le hacen
desembocar en la pérdida de la voluntad de sentido y
el vacío existencial.
Por
Lluís Pifarré
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[1] Victor Frankl, , “El Hombre Doliente”, Ed.
Herder, Barcelona, 1984, p 36
[2] Idem“La Idea Psicológica del Hombre”, Ed.
Rialp, Madrid, 1965, p93
[3] Idem, La Voluntad de Sentido”, Ed. Herder,
Barcelona, 1983, p 250-255
[4] Idem, p 58
[5] Víctor Frankl, “La Idea Psicológica del
Hombre”, p 59
[6] Idem, p 187
[7] Alejandro Llano, “La Nueva Sensibilidad”,
Espasa Calpe, Madrid, 1988, p 166
[8] V. Frankl, “La Voluntad de Sentido”, p 12
[9] Idem, p 226
[10] Idem, p 245
[11] Idem, p 229
[12] Víctor Frankl, “El Hombre Doliente”, p 38
[13] Víctor Frankl, “La Voluntad de Sentido”, p
111
[14] Víctor Frankl, “El Hombre Doliente”, p 17
[15] Idem, p 14
[16] Idem, p 22
[17] Víctor Frankl, “La Voluntad de Sentido”, p
178
[18] Idem, p 250
[19] Idem, p 15
[20] Idem, p 16
[21] Idem, 246
[22] Víctor Frankl, “La Idea Psicológica del
Hombre”, p 116
[23] Alejandro Llano, “La Nueva Sensibilidad, p 116
[24] Víctor Frankl, “La Voluntad de Sentido”, p
115
[25] Víctor Frankl, “El Hombre Doliente”, p 45 y
59
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