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Fenomenología
del dolor
Se suelen clasificar los sufrimientos en físicos y morales.
Los
dolores físicos, por lo general, no dependen de nuestra
libertad. Sobrevienen como consecuencia de la fragilidad del
ser material. Unas veces en forma de catástrofes de la
Naturaleza, como terremotos, inundaciones, huracanes, sequías,
rayos, incendios.
Estas realidades como las enfermedades en ocasiones
terriblemente largas y dolorosas demuestran la insuficiencia
de la materia en cuanto ser. Pero es lo cierto que crean para
el hombre situaciones realmente dramáticas e interrogantes
angustiosos. Son estas situaciones del dolor físico
irremediable las que que con màs frecuencia le dan al hombre
la convicción de su limitación y de su impotencia. Contra un
terremoto, contra un mongolismo, contra la decadencia del
envejecimiento no se puede nada. Es preciso rendirse. El
hombre experimenta ansia de plenitud y de totalidad pero he
aquí que se encuentra con la frustración.
Hay otras experiencias que provienen de la conflictiva
simbiosis de lo corporal y lo espiritual. Los desequilibrios
neuróticos, las obsesiones, la angustia, la depresión, la
anorexia etc.
Con más frecuencia, sin embargo, el dolor humano proviene del
mal uso que hacemos de la propia libertad, y así nos hacemos
sufrir indeciblemente unos a otros. Es el mal moral
propiamente dicho. Cuando uno piensa en la opulencia con que
viven algunas persona, en el lujo, la ostentación y el
derroche innecesario y despreocupado.
Es innegable también que el sufrimiento no desaparecerá
nunca de la Tierra. Se podrá y se deberá mitigar, pero es
una realidad intrínseca a la frágil y pobre constitución de
la materia y del hombre.
El sufrimiento corporal y aún el psíquico nos dan la
persuasión de que ni el cuerpo ni el psiquismo son objetos más
aún nos dan la persuasión de que es la persona entera la que
se queda afectada por cualquier sufrimiento. Uno puede
comunicar a otros lo que sufre, y eso es un gran alivio por el
humanismo que se produce en toda la comunión con los demás,
pero, en fin de cuentas, el dolor es algo tan personal que
también nos convence de que cada uno tiene que vivir
responsablemente su singularidad y que, en el fondo último de
su ser, cada uno está a solas con el Ser que es Dios.
En
busca de un sentido
La pregunta por el sentido o la significación del dolor y los
intentos de interpretación son de todos los tiempos desde que
el hombre ha sido capaz de reflexión. ¿ Por qué sufrimos?,
¿Por qué sufren los inocentes?, ¿ Cómo se compagina la
existencia de Dios con la realidad del dolor y del mal.
Generalmente se ha identificado el dolor con el mal, aunque no
es tan claro que puedan identificarse, porque no todo en el
dolor es negativo.
Porque; a pesar de todo, creemos que es humano amar la
realidad y confiar en ella. Huir de la realidad como es,
equivale a refugiarse en un mundo de fantasía que ni ha
existido, ni existe, ni va a existir. Los accidentes de la
Naturaleza, el paso del tiempo, las enfermedades, las
contradicciones de la vida, las violencias, las injusticias,
todo el cúmulo del dolor real que hay en la vida pueden ser
elevados y colaborar a una más perfecta realización de cada
persona.
“ No existe ninguna situación que no pueda ser ennoblecida
por el servicio o paciencia” escribìa Goethe. El
sufrimiento, sea cual fuere, nos obliga a vivir en una tensión
continua de superación de nosotros mismos. Nos proporciona la
ocasión de ejercitar innumerables virtualidades que duermen
en nuestro psiquismo y de liberar poderosas energías
subyacentes que, sin él, permanecerían inertes. La
fortaleza, la constancia, el valor, la paciencia, el
sacrificio, la superación, el amor desinteresado, el recurso
a Dios, y tantas otras posibilidades humanas, nunca se
ejercitarían, al menos en grado eminente, si no nos afectaran
los sufrimientos, si toda la vida fuera un perpetuo y seguro
bienestar.
El dolor para que sea fecundo tiene que estar movido por el
amor. Sin el amor el dolor permanece estéril.
Los sufrimientos de las personas posibilitan a los demás el
ejercicio de la comprensión, de la tolerancia, de la ayuda,
del sacrificio, de la gratuidad y, sobre todo, el amor que es
el factor más personalizante. Ayudar y amar lo que es
gratificante no requiere vigor ni esfuerzo, ayudar y amar con
sacrificio perseverante y fiel, he ahí lo más humano. La
persona que sufre es sagrada y nos da una ocasión única e
insustituible de ejercitar nuestra generosidad y nuestro amor
para con ella y así de alcanzar niveles mejores de humanismo.
La atención y la ayuda al sufrimiento de los hombres es un
excelente vínculo de solidaridad. “ Quien da al hombre una
esperanza es padre espiritual de aquel”. El egoísta, el que
no se interesa más que por sí mismo, el que permanece
indiferente ante el sufrimiento de los demás, se encierra en
su propio yo y se autodestruye como persona.
El haber sufrido capacita al hombre para comprender a los demás.
El que no ha sufrido .
-si
hay alguien que no haya sufrido- ¿ qué sabe de la vida?, ¿
cómo se hará cargo de las vivencias amargas de los hombres?,
¿ cómo podrá tenderles una mano comprensiva? .
Efectivamente; cuando se sufre con fortaleza, el dolor
confiere a la persona una madurez psicológica, una
integridad, una altura, una capacidad de comprensión que sin
él no existirían “ Sólo aquel que sumido en el fondo último
del propio dolor, sin prescindir de nada de él, se pone en
comunión dentro de su espíritu con el dolor del mundo, será
capaz de conocer la esencia del dolor. Pero para que sea capaz
de esto, es menester una condición previa, a saber, que este
hombre haya experimentado ya la hondura del dolor de otro ser
realmente, es decir, no la “compasión” que no penetra
hasta el ser sino con una amor grande; entonces es cuando se
le hace transparente el propio dolor, en su fondo ``ultimo,
dentro del dolor del mundo”. El sufrimiento, si se lleva con
fortaleza, es fuente de sabiduría. Una civilización que no
sabe sufrir tampoco sabe vivir y esa incapacidad tiene efectos
antropológicos y sociales peligrosísimos. Puede generar la
indiferencia, la incapacidad de solidaridad, de reconocer al
otro como semejante a mí precisamente porque sufre.
Pero; éstas consideraciones sobre los valores positivos del
dolor no tienen nada que ver con el masoquismo que es una
perversión del sufrimiento ya que lo convierte en una
intensificación del dolor por el dolor. No se trata de
propugnar la voluntad de dolor sino la aceptación y su
sublimación cuando se hace inevitable. El masoquismo hace del
sufrimiento un fin en lugar de un medio.
LA
MUERTE Y SU SIGNIFICADO.
La muerte es el acontecimiento más dramático y más decisivo
de la vida de una persona. Es una realidad absolutamente
ineludible y desconcertante que no puede menos de hacernos
filosofar ¿ qué es morir?, ¿ por què morimos?, ¿ qué
significa morir para el vivir?, cuando morimos ¿ nos morimos
del todo?, ¿ qué nos espera después de la muerte?, ¿ una
reencarnación?, ¿ una aniquilación?, ¿ una supervivencia?,
¿una resurrección?, si permanece algo; ¿qué y cómo
permanece?
He ahí preguntas que los hombres reflexivos se han hecho y se
hacen porque no pueden menos de hacérselas.
El hombre es el único ser que sabe que va a morir y por eso
es el único que puede preguntarse por el sentido de su vida.
El hombre no puede tener experiencia de su propia muerte
porque ella llega cuando nosotros fenecemos, pero todos
tenemos conciencia de que vamos a morir; tenemos un
conocimiento nocional de la muerte, no podemos tener un
conocimiento existencial. Sin embargo, eso basta para que nos
interroguemos filosóficamente sobre ella.
Fisiológicamente hablando la muerte es anunciada de manera
irreversible no por la paralización del corazón, que puede
ser reanimado, sino por la paralización del cerebro.
Las enfermedades, el paso de los años y el envejecimiento
distan muchos de ser la muerte. Pueden ser una preparación
pero nunca una experiencia de la muerte.
Ante el hecho de la muerte caben dos actitudes fundamentales:
Pesimismo absoluto y optimismo absoluto. O la muerte es el
final de todo y entonces la vida es un no-sentido, una
injusticia, un absurdo y un vacío total, o la muerte es
abertura dolorosa pero necesaria para la inmortalidad y la
plenitud. Se puede optar por uno de los dos términos, pero la
razón nos obliga a un sereno optimismo.
Desde ese optimismo razonable toda la vida humana se ilumina y
nuestra acción cobra un valor absoluto. La muerte con su
dramatismo y su dolor, es el cumplimiento y plenitud de la
vida. La muerte fisiológica que es un elemento fundamental en
el mecanismo evolutivo, no significa por sì mismo, una
destrucción total de la persona.
Parece inevitable rechazar poder absoluto y radical de la
muerte por ser incompatible con la evolución y con el amor.
La consideración de la muerte como una conclusión total
banaliza la vida, la vacía de todo valor. Por el contrario,
la consideración de una vida ulterior, en la que sea
restituida toda justicia, despierta el gusto por la vida,
potencia la acción humana y suscita la esperanza. Sin
esperanza no hay vida humana, ni gusto de vivir.
A este pensamiento se le ha acusado de ser un consuelo
ficticio con el que nos tranquilizamos para seguir viviendo y
luchando pero; tenemos serios motivos racionales para poder
afirmar que la vida humana no termina con la muerte. Se ha
dicho también que nos proponemos demostrar lo que previamente
ya creemos. Es verdad que los cristianos conocemos la
pervivencia post morten
por la revelación de Jesucristo. Pero esto no
obstaculiza para que, con independencia de la afirmación
cristiana, investiguemos si el hecho de la supervivencia es o
no conforme q lo que la razón puede alcanzar. Hay una Filosofía
de la muerte, como de otras realidades humanas.
La Filosofía escolástica tradicional definía la muerte como
la separación del alma y del cuerpo. La formulación proviene
de los pitagóricos, platónicos y neoplatónicos. La
aceptaron los cristianos.
La
doctrina de santo Tomás ya ve en la esencia del alma una
relación trascendental a la materia. Durante esta vida, esa
relación se efectúa a través del cuerpo; la persona, el yo
está en relación con todo el mundo material mediante el
cuerpo. Esa relación ¿desaparece de manera absoluta con la
muerte? Con la muerte el alma humana entra precisamente en una
mayor cercanía y relación interna respecto del fundamento de
la unidad del mundo en el cual todas las cosas del mundo se
comunican entre sì, previamente a su influjo mutuo; y esto es
posible precisamente porque el alma ya no mantiene su forma
corporal particular. El alma, despojándose en la muerte de su
forma limitada del mundo y precisamente en cuanto éste es
fundamento de la vida personal de los otros como seres corpóreos-espirituales.
Después de la muerte se haría más actualizada y más
amplia.
El alma, pues, en la muerte, queda destruida como forma del
cuerpo pero simultáneamente entra en las raíces del mundo y
vive la plenitud de su relación cósmica con el Ser. Alcanza
un nuevo y más alto grado de ser, porque aunque quede en
relación con lo espacio-temporal queda también
substancialmente independiente de ello.
La certeza de morir y la ignorancia del día y de la hora, da
a la existencia, supuesta la inmortalidad, una seriedad y una
responsabilidad que de otra manera no tendría. La pregunta ¿
qué me espera después de esa muerte que ignoro cuándo puede
llegar?, es lo suficientemente seria como para inducirnos a
una vida éticamente correcta y para que nos preocupe el
encuentro con el Infinito. Tanto más que se muere en completa
soledad, y en la muerte uno asume a solas la responsabilidad
de toda su vida. En la muerte concluye todo el “tener”.
Queda sólo el “ser” El yo coincide plenamente consigo
mismo sin ninguna alineación en lo externo. Está, más que
nunca, presente a sí, mismo.
El envejecimiento tiene mucho de kènosis, pero es en la
muerte donde se alcanza la desposes ión total. Ahora bien,
esa desposes ión total ofrece la posibilidad de la perfecta
posesión. Es el poder transformador de la muerte. Hace que la
vida pueda verse como una peregrinación hacia un encuentro
con la Plenitud que sólo la propia libertad humana puede
frustrar, si se niega a aceptar el Amor.
Es también interrogante la tendencia incoercible que todos
tenemos a vivir, a vivir siempre, no a una vida sin término
en la Tierra que carecería de motivaciones y sentido, sino
una vida distinta en la que alcancemos una plenitud y con ella
una felicidad. Nuestro espíritu es extraño. Tiene un sitio
propio aquí en el mundo pero su esencia está hecha de
aspiraciones a la trascendencia, de esfuerzos hacia un destino
desconocido, de esperanza y atractivo por una realidad que
presiente. Ese hecho lleva consigo el terror de dejar de ser,
y ello nos está indicando que el ser es mejor que el no ser.
La muerte nos pone así ante el misterio del bien y del mal.
La muerte no convierte la vida en nada, sino; como acto
supremo del hombre y su libertad convierte la vida en la
posibilidad de alcanzar la plenitud del ser a la que siempre
aspiramos, aunque se atisba también la posibilidad de una
frustración total, no en la aniquilación del no-ser sino en
la alineación total o pérdida total de sí mismo por una
mala opción de la libertad.
Supuesto que no se da la reencarnación, cada uno vive una
sola vez y la misma Historia de la Humanidad por larga que
sea, camina hacia un final definitivo en la Tierra. El cosmos
camina hacia un equilibrio energético o muerte térmica.
Antes de llegar a ese extremo, la vida humana sobre la Tierra
se habrá hecho imposible, La aventura humana habrá
concluido. Imposible pensar que para nada, que todo fue una
mala comedia sin sentido.
Precisamente porque aceptamos que la vida tiene un sentido
trascendente y que se consuma en la inmortal plenitud de la
Verdad, del Bien y del Amor, entendemos que aquí en la Tierra
hemos de comprometernos seriamente por realizar cada vez más
y mejor la verdad, el bien y el amor.
Nunca se realizará la persona humana si no es en el amor a
los demás porque tanto somos cuanto nos damos.
La muerte nos muestra con elocuencia irrefutable, la igualdad
de todos los hombres. Ya Horacio escribía “ la pálida
muerte, llama lo mismo a las chozas de los pobres que a los
palacios de los reyes” Nos despoja de todo a todos y nos
pone de cara a la Trascendencia a solas con nuestra
responsabilidad personal. A todos por igual.
Por todos estos motivos se ha dicho que la muerte es maestra
de la vida.
El
dolor y la muerte como experiencias generadoras de la
pregunta por el sentido
Consolar
es una actividad moral. Pero la gente frecuentemente no
habla de ello. Mas bien es algo que se hace.
"
El fantasma de la vejez"
Pensemos
en los viejecitos. A veces, la abuelita es el personaje
consentido por toda la familia; otras, se convierte en
objeto de desprecio ha hasta de burla y se le considera n
estorbo en casa. Lo malo es que todos llegaremos a ancianos,
si no nos morimos pronto, y quién sabe cuántas decepciones
nos están aguardando entre nuestros seres queridos y cuántas
humillaciones y cuántos tormentos.
Un
precioso ejemplo
La
estación del ferrocarril se anima como en ningún dìa del
año. La banda toca una alegre música para despedir a
cierta clase de viajeros: los ancianos de Israel, que van de
paseo a las principales ciudades del territorio. No es un
vagón. Son múltiples convoyes. Médicos y enfermeras, que
empujan los carritos de los que están inválidos, acompañarán
a los ancianos en el trayecto. Parientes, amigos y
desconocidos han acudido a desearles feliz viaje. Las
poblaciones de esta joven nación invitan cada año a los
viejos, suplicándoles que los honren con su presencia,
organizan y pagan la singular gira y tienen preparadas
gozosas fiestas para cuando arriben los padres del pueblo.
Esta
deliciosa actitud de los israelíes contrasta con la infame
costumbre de ciertos pueblos salvajes que asesinan a hombres
y mujeres cuando consideran que, por su edad, son una carga
para la tribu, ya amarrándolos a un trineo que empujan para
que se despeñe en el declive nevado, ya abandonándolos en
un sitio apartado para que lentamente mueran de hambre.
Este
oscilar entre la veneración y la crueldad de los pueblos
cultos y los salvajes se da también en el trato que cada
persona da a los viejos. Si desde ahora diéramos ejemplo en
nuestro hogar del cariño a la tìa vieja o al abuelo
anciano, se formaría en los jóvenes y en los niños un
sentimiento de respeto y ternura que se debe a los mayores,
con lo que, de paso, estaríamos sembrando nuestro propio
paraíso para dentro de pocos lustros.
Bueno
es traer a la mente con frecuencia aquel cuentecillo
inolvidable que leíamos en la infancia: un hombre débil se
vio obligado, por no tener más disgustos con su esposa, a
pedir a su anciano padre, que vivía con ellos, que no se
sentara a la mesa del comedor sino en la cocina, y que no
usara la misma vajilla que el matrimonio, sino la escudilla
de madera que le había destinado la nuera. El viejecito
accedió tristemente a todo. Pasó el tiempo y, un día, el
hombre encontró a su hijito de ocho años jugando con una
peligrosa navaja. Rápidamente se la quitó. Mas el niño
protestó: -" Entonces, ¿con qué cuchillo voy a
terminar de labrar esta escudilla de madera que te estoy
haciendo para cuando tú estés viejo )".
Vejez,
cumbre de la vida.
El
fantasma de la vejez sobrecoge a mucho. Se piensa en que se
acabarán los placeres de la juventud. En que la pesadez de
los miembros y la artritis apenas nos dejarán movernos con
lentitud. En que los que hoy nos dan un carió apasionado,
mañana se alejarán con frialdad de nosotros. En que ya no
tendremos ni proyectos ni esperanzas, sino sólo una vida árida
y oscura, preludio de la muerte.
Si
esto es así, ¿por qué entonces en las plegarias de todas
las religiones se pide una larga vida? Quizás no sea tan
espantosa la vejez como la pintan. O, al menos, no lo sea
para los que saben que la ancianidad es la hora de la
sabiduría.
Quienes
fincan su ser en los placeres corporales, sin duda esperarán
con pánico la senectud, que sin piedad va a derrumbarles
toda esa ventura. Pero hay también muchos que viven con
miras más altas y piensan, por lo contrario, que la vejez
seré su meta. El artista inmaduro en su juventud, va a
encontrarse a sí mismo, al fin, con los años. El que se ha
propuesto fundar un asilo de niños, pasará sus verdes años
en esos afanes y sólo en la ancianidad verá el fruto de su
esfuerzo. " Para entonces habré hecho esto. Para
entonces habré terminado esto otro." Depende de la
grandeza de alma. Para quienes existen por y para el espíritu,
más bien las pasiones de la juventud fueron una traba y se
glorían de haberlas dejado atrás. En uno de sus Diálogos,
Platón hace un exaltado elogio de la vejez y lo mismo
pensaba Cicerón cuando escribió De Senectute.
En
la medida en que hay espíritu, la ancianidad deja de ser un
fantasma para ser una ardiente promesa. No estaría mal
hacer una prueba para medir la espiritualidad de las
personas, basándose en esta cuestión. ¿ Qué piensa usted
de la ancianidad?
Nuestra
época saldría de la prueba con un cero. Pues hoy no se
mide el valor del individuo, sino su productividad económica.
Es decir, se le estima con el mismo criterio con que se
juzga a una máquina o a una vaca.
Anciano,
sinónimo de sabio.
Pero
ahora no somos cultos, sino simplemente civilizados. En épocas
de cultura, los ancianos han sido los grandes de la nación.
A ellos se ha confiado el más alto de los oficios: el de
gobernar. El sanedrín de Israel estaba compuesto por
ancianos. El consejo de delfos guió a Grecia. El Senado
Romano tenía más poder que el propio césar. ( La palabra
senado, significa precisamente "ancianos.) Los
cardenales de la Iglesia todos peinan canas. Y un sacerdote
católico se le honra con el título de presbítero porque
"présbita", en griego, significa
"mayor" o "anciano".
No
ha de ser, pues, tan inútil la senectud cuando se la
encarga de dirigir a las naciones.
Entre
los hombres que han descollado en la historia, la mayoría
ha realizado su gran obra en la ancianidad: Salón , Licuro,
Pitágoras, Sócrates, Platón y otros muchos en Grecia.
Moisés tenía ochenta años cuando libró a su pueblo de la
esclavitud egipcia. Goethe escribió el fausto también en
esa edad. Miguel Ángel pintó "El Juicio final"
ya decrépito. Sería interminable la lista.
Pero
aunque todavía en nuestro siglo confiamos el gobierno a un
Adenauer o a un De Gaulle, en general cohibimos a los
viejos, les damos la impresión de que ya están de más en
este mundo y el resultado es el mismo que con los niños o
los jóvenes a quienes todo el mundo repite que no sirven
para nada: realmente se vuelven inservibles. Una nación
madura y culta estimula a los ancianos, pues sabe que ellos
han sido siempre los maestros de la humanidad.
Nosotros
mismos podemos irnos preparando ya una brillantísima vejez,
un lugar de vivir temiéndola. Nadie va a negar que la
ancianidad adolece de sinsabores, pero ¿no tiene también
el niño grandes prisas? Dígalo, si no, los psicoanalistas
que buscaban en la dizque "edad feliz" la cuna de
todos nuestros sufrimientos. ¿Y la pubertad? Le aconsejo a
usted que lea Soledad y angustia de la adolescencia, de Aníbal
Ponce. ¡Por qué horror hemos pasado, aunque ya nos
protegemos olvidándolo! Y la Juventud... aún está fresco
su recuerdo y sabemos de todas las torturas en que nos ha
metido. Cada edad tiene su cruz, y la de la ancianidad no es
la más pesada para quien sabe ser viejo.
Recuerdo
ahora unos versos romanticones, pero que vienen muy a
cuento:
"Que tiene la vejez horas tan bellas
Como tiene la tarde sus celajes
Como tiene la noche sus estrellas"
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